Fernando Navarro: "Identidades y tal"

24 Junio, 2020

El ex diputado y escritor Fernando Navarro ha publicado en su blog un interesante comentario sobre las pertenencias a las tribus en las que nos integramos y sus consecuencias. Tiene aplicación también para las estructuras de la empresa.

Una persona puede ser simultáneamente hombre, blanco, calvo, homosexual, nacionalista catalán, taxista, vegano, cazador, socialista, nudista, del Atleti…. ¿Son todas identidades? El lector probablemente contestará que no: hay distinciones que son relevantes y otras que no, y sólo las primeras mueven a las personas a agruparse y alzar las banderas. ¿Es así?

En 1970 el psicólogo social Henry Tajfel reunió a 60 niños de un colegio, les mostró brevemente una imagen con un cierto número de puntos, y les pidió que estimaran cuántos había. Unos dijeron de más y otros dijeron de menos, y de esta manera tan espectacularmente trivial nacieron espontáneamente dos grupos: los infracalculadores y los sobrecalculadores. ¿Eran dos identidades? Pues sí. Tajfel sometió a los niños a pruebas que conllevaban la asignación de cantidades de dinero entre sus compañeros, y comprobó que todos ellos tendían sistemáticamente a privilegiar a los de su recién creado grupo. Peor aún: los niños demostraron que, en el reparto, lo relevante no era tanto que los miembros de su grupo recibieran más, sino que la diferencia con los del otro grupo fuera mayor -preferían, por ejemplo, asignar 4 dólares a los de su grupo si los rivales sólo recibían 1, antes que llevarse 10 si los contrarios recibían 9-.

En realidad Tajfel no esperaba que nuestra tendencia grupal funcionara tan rápidamente: había diseñado el experimento como un punto de partida a partir del que iría añadiendo elementos hasta que se disparase el tribalismo. No hizo falta. El más absurdo, artificial e irrelevante de los criterios –la estimación de unos puntos en una imagen- hizo que los niños generasen tribus, y que a partir de ese momento comenzasen a interactuar motivados por el deseo de derrotar al adversario. La cooperación entre los niños desapareció, siendo sustituida por una relación de suma-cero aun cuando no había existido el menor conflicto previo entre ellos.

Este es, entonces, el punto de partida al hablar de identidades: somos animales grupales, y nuestra supervivencia estaba ligada al triunfo de nuestra tribu sobre los competidores. La evolución nos ha seleccionado: hoy estamos aquí los más predispuestos a formar grupos, a defender a los nuestros y a odiar al de fuera, y los criterios identitarios que invocamos no suelen ser más que racionalizaciones ex post de ese impulso.

Y a partir de ahí la cosa se pone peor: una vez que actuamos en modo grupo/tribu/identidad nuestra forma de pensar se altera, incluso en las áreas más específicamente técnicas y científicas. En 2013 el profesor de Yale Dan Kahan reunió a unos voluntarios, averiguó su adscripción política, y les sometió a una serie de pruebas –con enrevesados datos estadísticos sobre la eficacia de un bronceador- para conocer sus habilidades numéricas. A continuación les presentó un problema de similar dificultad matemática, pero sobre un asunto ideologizado: según los datos presentados a un grupo, el control de armas reducía significativamente el crimen; según los datos ofrecidos a otro, el control era perfectamente irrelevante. Kahan descubrió que aquellos con mayores conocimientos matemáticos interpretaban correctamente los datos… siempre que encajaran en sus prejuicios ideológicos. ¿Qué ocurría cuando no era así? Pues que los mejores matemáticos obtenían peores resultados que los numéricamente más torpes: sencillamente, eran capaces de construir racionalizaciones más sofisticadas para sostener sus inalterables planteamientos previos. Lo han entendido bien: una vez sectarizados, cuanto más inteligentes más capaces somos de profundizar en la estupidez. No estamos guiados por el deseo de averiguar la verdad, sino por la voluntad de triunfo de nuestro grupo y sus planteamientos ideológicos.


(continuará)

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