¿Puede llevar el temor a disentir de los empleados y directivos a pérdidas de competitividad empresarial?

24 Julio, 2021

Fernando Navarro nos da en su blog una lección en clave política. Pero es de aplicación a cualquier estructura empresarial. "Vivir en la mentira", lo titula.

Cuando expresar la propia opinión conlleva un riesgo cierto, el disimulo es la táctica previsible. En la Unión Soviética de Stalin la más mínima apariencia de disensión podía conducir a la muerte o al Gulag, de modo que las personas se acostumbraron a tener, al menos, dos caras, una pública y otra privada -algunos elevaban el número a 6: para la pareja, para los hijos, para los amigos, para los conocidos, para los compañeros de trabajo y para el público en general- La taqquiya o ketman es una dispensa a la obligación de exteriorizar la fe en Dios cuando supone un riesgo cierto para el creyente; Czeslaw Milosz señala la semejanza y entiende que eso era lo que los infortunados habitantes del régimen comunista polaco hacían, acogerse al ketman.

 

¿Qué ocurre cuando la presión externa se debilita y los costes de la verdad descienden? A partir de los 60 los regímenes comunistas entraron en una fase post-totalitaria, pero el escenario se mantuvo imperturbable. La capa de mentira –como el hielo cuando sube la temperatura- había adelgazado, pero pocos se atrevían a romperla. En realidad los gobernantes parecían intuir el efecto en cadena que tendría un resquebrajamiento puntual, e imponían a sus súbditos rituales que convertían la vida cotidiana en un decorado a mayor gloria del régimen: Vaclav Havel lo describe a la perfección en El poder de los sin poder. De repente, sucede un acontecimiento irrelevante –tan irrelevante como un concierto de La gente plástica del universo- aparecen fisuras y el hielo se resquebraja. Cuando más tarde la gente saliera masivamente a la calle, y los regímenes comunistas fueran finalmente arrollados, muchos se peguntarían como habían conseguido mantenerse tanto tiempo. En realidad, eran esos que entonces salían los que lo habían mantenido con un entramado de pequeñas cobardías y claudicaciones; posiblemente muchos de ellos habían sido los primeros en señalizarse virtuosamente denunciando a los que se habían atrevido a rebelarse antes.

 

Y a todo esto ¿por qué surge un Vaclav Havel? ¿Por qué hay alguien dispuesto a asumir los enormes costes del rechazo social? En 1995 Timur Kuran desarrolló toda una teoría sobre el disimulo, que él llamaba «falsificación de preferencias». La divergencia entre las preferencias privadas y las expresadas públicamente viene determinada por la existencia de dos recompensas contrapuestas, las derivadas de obedecer el dictado social («utilidad reputacional») y las de ser fiel a uno mismo («utilidad de autoafirmación»). Para la mayoría, la primera suele ser mucho más potente que la segunda, así que es una bendición que de cuando en cuando surja alguien como Vaclav Havel, para quien la repugnancia de vivir en la mentira es muy superior a la capacidad de disimulo.

 

Porque la taqqiya tiene efectos secundarios. Todo parece indicar que el fingimiento provoca una disonancia cuya solución más fácil consiste en que la persona se convierta en el personaje que representa públicamente: «quien no vive como piensa acaba pensando como vive». O, si se prefiere, el disimulo puede acabar desembocando en la conversión, y la realidad en una representación dramática en la que las personas se han convertido en actores. Así la «falsificación de preferencias» contribuye decisivamente a perpetuar situaciones indeseables sin necesidad de que tengan un gran apoyo popular. Del mismo modo que en los regímenes post-totalitarios, es posible que la opinión pública –la suma de todas las preferencias expresadas- tenga poco que ver con la opinión privada, y sin embargo los disimulos refuerzan una falsa imagen de uniformidad.

 

Todo lo dicho es plenamente aplicable a las sociedades democráticas, tanto más cuanto más defectuosas son. Los nacionalistas en Cataluña - mediante el dominio de la escuela, los medios y las entidades subvencionadas- han conseguido consolidar un decorado -bastante kitsch- al que se ha resignado una gran parte de la población, que afloró en las masivas manifestaciones de octubre de 2017.

 

En cuanto a Sánchez, toda su política se basa en elevar el «coste reputacional» de optar por sus adversarios políticos –véase la Memoria Histórica- y de generar una imagen de apoyo social – a eso se dedican, con dinero público, Tezanos y el CIS-. Para su desgracia, las elecciones de mayo en Madrid indican que por debajo existe una corriente que puede llevarse todo por delante. Y del volcán que hay bajo el woke, esa Inquisición sonriente que impone tan altos costes reputacionales, mejor hablamos otro día.

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